31 de mayo de 2008

La muchacha de los vestidos infinitos

Sé que acabó de pasar por aquí pues todo está bien barrido y casi no hay viento. Era ella; sólo ella tenía esos vestidos largos... largos... que no sé de dónde traía. Le preguntaba quién se los confeccionaba y respondía que su madre, mas yo sabía que ella no hacía vestidos, que únicamente cocinaba sabroso y amaba con firmeza a la gente. Nunca me dijo de dónde sacaba tanta tela y tan hermosa para hacer sus vestidos. A veces proponía que si yo lo deseaba me podría hacer una camisa desbaratando uno de ellos, a cuya sugerencia objetaba que aparte de agradarme llevara encima los vestidos qué iba a hacer con camisas tan largas entre el pantalón —no me gus­taba andar con la camisa por fuera como a Ernesto Che— y ella argumentaba que mejor ya que siempre iría a permanecer limpio: esa tela jamás se ensuciaría.

Cuando llovía ella me envolvía en su vestido íntegramente de tal modo que no podía ver hacia fuera sino a través suyo, por sus ojos y si llegaba la borrasca colocaba las manos prote­giéndose la cara, mas no eran sus manos sino mis manos y tampoco eran mis manos sino las suyas, y su cara y mi cara... no sé si me dé a entender... y era en ese momento cuando me contaba cómo sus vestidos hablaban entre sí y con ella, y yo le contaba también que mis lápices hablaban entre sí y conmi­go, porque siempre lograba sacarme el secreto más recóndito con una facilidad que a menudo me producía miedo: a lo mejor adivinaba lo que yo pensaba y por escucharlo de mi propia boca aludía al tema para que a la postre yo confesara incluso cuántas veces durante el día había pensado en ella.

Prosigo contándole, mi otro yo, que cuando caía la lluvia guardaba el vestido entre sus manos, es decir, no todo sino la parte de abajo y así no se mojara; pues si no tenía tiempo de colocarlo sobre sus manos para que lo secara el sol debía acomodarlo encima de todas las casas de la ciudad y alcanzar a extenderlo, por tanto, en su totalidad: el vestido, los vestidos sólo podían ser completamente desplegados en sus manos y fuera de ellas se requeriría una ciudad o tal vez dos para que duraran secándose por espacio de dos años bajo el mismo sol.

No le he dado nombre alguno: Nunca supe cómo se llamaba, ni dónde vivía; decía que en el firmamento. Ella sabía cuándo llegaba a casa avanzada la noche, ya que me quedaba en la calle jugando a las escondidas —no en su compañía porque se iba temprano a dormir todos los días—, e imaginaba lo conocería mediante la magia, pero no... resulta que el canario de la casa dormía en la ventana de nuestra habitación; y claro, cuando arribaba tarde encendía la luz y él despertaba siendo presa del insomnio de ahí en adelante. A la mañana siguiente le refería todo, aún lo que hablaba dormido. Todo esto lo supe después que sacó el canario de la jaula y lo ocultó en su cabello prome­tiendo darle un trino incansable y armónico que ahuyentaría de su corazón toda congoja. Desde entonces cuando quería hablar hablaba, y cuando ansiaba verme adentrado en el sueño cantaba así tuviera que demorar algún tiempo para lograr su cometido.

Desconozco cuándo se dio y el motivo de su ausencia; lo cierto es que me dejó un sabor salado en la boca y en los ojos. Usted, mi otro yo, señala que desde esa fecha estoy llorando; de mi parte le digo que no me daba cuenta, hasta ahora com­prendo qué significa llorar.

No hay duda que pasó por aquí; corriendo voy a alcanzarla para que hagamos un pacto, que me deje vivir en su cuerpo no para aprender magia ni a cantar como ella, sino para estar por siempre en su compañía. Déme la mano, mi otro yo, que en ella hay campo para los dos...

Además, si ella quiere usted puede aprender a confeccionar­le los vestidos que con sólo tenerla cerca nos sobra la alegría hasta para regalarla... No le digo mentiras, mi otro yo, camine y verá que es cierto...
Hugo Ardila Ariza

1 comentario:

Carolina dijo...

me encanta la forma como escribe el triste lobo gris espero poder conseguir tus libros.

carolina